
imagen: José Pablo Rodríguez Vázquez
Prefacio
Daniel Link, colaborador del diario argentino 1/2, nos relata en este texto que oscila entre la semblanza y el artículo de fondo, los orígenes de Raúl “Copi” Damonte, literato, dibujante y autor teatral argentino que funda las raíces de su obra en la filosofía pánica gestada a principios de los sesenta por Topor, Arrabal y Jodorowsky, la cual proponía una clara contraposición ideológica al dogmatismo surrealista liderado por André Bretón.
A lo largo del presente texto, Link propone una relación trascendental entre el trabajo intelectual de Copi y la literatura gauchesca, al sentenciar que posterior a éste es necesario replantear y redefinir los paradigmas de lo que hasta el momento era históricamente entendido y practicado como teatro y literatura argentinos. De igual forma, Link se ocupa de realizar un fecundo análisis semántico sobre la ultima pieza teatral de Copi, "cachafaz".
Sin mas preámbulo, aquí el texto de Link.
Cerca de la revolución
Esperábamos desde hace dos años la edición local de Cachafaz (1981), la última pieza teatral de Copi, una “tragedia bárbara en dos actos y en verso” que dejó sin publicar antes de morir (fue representada y editada por primera vez en París en 1993).
Por esos avatares del destino, la obra fue distribuida recién la semana pasada, en una cuidada edición de Adriana Hidalgo, junto con La sombra de Wenceslao (1978), otra pieza teatral (o, más bien, guión de comic, dada la índole de la peripecia y las complicaciones escenográficas que supone) de asunto criollo, que funciona como bonus track de la anterior.
Copi, sus orígenes
En 1962 se reunían en el Café de
Copi (Raúl Damonte) había nacido en Buenos Aires en 1939, hijo de Raúl Damonte Taborda y de la hija menor de Natalio Botana. Su abuelo era, pues, el legendario fundador y propietario del diario Crítica. Su abuela, Salvadora Onrubias, una anarquista feminista conocida por su producción dramática que, según los memoriosos, ejerció mucha influencia en la carrera de su nieto y a quien éste le debe su apodo.
Uno de los núcleos estéticos alrededor de los cuales gira la producción teatral del grupo Pánico es lo monstruoso: una estética del freak –con el antecedente, muy en la memoria de Topor, Jodorowsky y Arrabal, del clásico de Tod Browning, Freaks (1932). Arrabal, por su lado, incorpora a la estética del grupo la tradición de los esperpentos de Valle-Inclán y las pesadillas de Goya. Las acciones teatrales del grupo Pánico (descriptos por la investigadora argentina Carmen Crouzeilles) se denominaban Efímeros Pánicos y, si bien fueron comparadas en su momento con los happenings, hay que recordar las palabras de Copi, para quien “el happening es algo que me hace sudar frío. Es como si alguien entrara aquí y meara en la botella. Es odioso y vacío de historia. El happening es lo que no sucede”.
Los Efímeros Pánicos, que podían durar varias horas y hasta días, se basaban en la improvisación a partir de un esquema argumental mínimo. La profusión de utilería (instrumentos de odontología, miles de muñecas desmembradas, pedazos de carne) terminaba repartiéndose entre el público. A la obsesión temática por el freak y a la idea de celebración colectiva se sumaba, pues, toda una economía del don.
Disuelto el grupo Pánico (por su misma lógica autodestructiva), sus integrantes se negaron sistemáticamente a brindar testimonio sobre aquellos días de fiebre y peste teatral, con la sola excepción del falso francés Jérôme Savary, quien fundó, después de los sucesos de 1968, su compañía Grand Magic Circus. Poco antes del Mayo francés, Víctor García había invitado a Savary para que dirigiera la obra El laberinto, de Fernando Arrabal, la primera en la que Copi figura como actor acreditado (ya en su infancia argentina había participado en producciones de teatro escolar), desempeñando un personaje que no estaba en el original: un mudo que baila un tango con un canario gigante que pone un huevo.
Copi ya era bastante conocido como dibujante: desde 1964 publicaba la delirante tira La mujer sentada en Le Nouvel Observateur. Si su potencia creativa lo llevaría a convertirse en uno de los más grandes novelistas argentinos, con obras maestras como El uruguayo (1973), El baile de las locas (1976), La vida es un tango (1979) o
Más allá del papel marginal que en él ocupó, lo cierto es que el Grand Magic Circus comienza y termina con Copi, como actor en El laberinto, y ya como autor en la última producción de la compañía, la “ópera tango” Good bye Mr. Freud (1974): la madre de Sigmund es lavandera en París. El azar la lleva al Kremlin, donde se enamora del zar de Rusia. Luego de hacerse sodomizar por un Marx (que no es Karl) y experimentar su primer orgasmo, huye a Chicago, donde instala un burdel.
El teatro del mundo
Por lo general mal leídas, las obras de Copi (que nacen del underground pero reclaman otra escena y otros públicos) han sido destinadas al placer de unos pocos iniciados. Así, su última pieza (la más política), se estrenó en mayo del año pasado con el patrocinio de
guez
Rod teatro del horror.
.
ntinaun discurso proleorges ltural argentino. Precisamente para no convertir el teatro de Copi en un happening, para que pase algo, Cachafaz debería representarse hoy en las asambleas barriales, las concentraciones de piqueteros, las villas miseria y las pocas fábricas que quedan abiertas. Toda la obra de Copi es muy sensible a las formas, pero particularmente Cachafaz, que parece haber sido escrita a la sombra de la sentencia de Rubén Darío, “la forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres”.
Cachafaz es un compendio de todas las formas posibles: una “tragedia bárbara en dos actos y en verso”, efectivamente, pero también un texto de la gauchesca, una antología del tango, un sainete y, también, un panfleto revolucionario.
De acuerdo con la lógica que domina toda su obra (que es, en definitiva, la lógica de los grandes artistas), Copi no escribe un momento de la literatura argentina sino la literatura entera, como si con él comenzara de nuevo la literatura argentina o como si la historia literaria no hubiera sucedido.
Cachafaz se plantea como el comienzo del teatro, y a partir de Cachafaz habría que volver a definirlo todo: el público, los estilos de actuación, el espacio y el tiempo teatrales, la relación entre habla y cuerpo, las relaciones entre arte y cultura, entre literatura y política...
Está la tragedia griega y está Copi, y en el medio no importaría qué hubo porque no hace falta. Es como si Copi (en cada una de sus novelas, en cada una de sus obras de teatro, pero particularmente en Cachafaz) dijera que la historia es sólo el trampolín a partir del cual los hombres pueden dedicarse a imaginar el futuro, es decir: a hacer la historia.
Y, por cierto, está la gauchesca, en los orígenes de la literatura argentina, y después está Copi, una vez más, como si nada hubiera sucedido. Y de ahí la facilidad para integrar Cachafaz en el corpus de la gauchesca.
Ya sabemos cómo ha funcionado nuestra historia literaria. Por un lado, la canonización del género gauchesco: Martín Fierro como poema de la patria, como poema estatal. Por el otro, la folclorización de sus versos en el refranero (“Hacéte amigo del juez...”). En el contexto de la literatura argentina, cada movimiento estético supone necesariamente dos pasos: ignorar el escritor canónico y volver a la gauchesca. Borges escribe como si no hubiera existido Lugones, pero vuelve a la gauchesca; Lamborghini y Zelarayán escriben como si no hubiera existido Borges, pero vuelven a la gauchesca; Copi escribe como si no hubiera existido Borges, pero vuelve a la gauchesca.
La patria de los personajes de Cachafaz puede ser Uruguay (los hechos suceden en Montevideo), pero la patria de la obra es
CACHAFAZ:
Ni soy caco ni soy pillo
y soy mucho menos reo,
¡estoy en Montevideo
cuna de machos sinceros!
Si me llaman Cachafaz
es injusticia social,
¡nací en un cañaveral
y mi madre murió en paz!
¡Nadie me dé de matrero,
mucho menos un milico!
Aunque yo nunca fui rico
del mundo sé la moral.
Ningún ser nace anormal,
cualquier loro tiene pico
y aquí les digo y replico
la forma de lo esencial.
El hombre es un animal
negro, blanco, pobre o rico
con nariz o con hocico
¡pero nadie es pavo real!
La estructura de este parlamento responde a la estructura del Martín Fierro: los versos pasan de lo particular (la circunstancia específica de la vida de Cachafaz) a lo general (el ser en términos absolutos). Hay, en efecto, una antropología revolucionaria en Cachafaz (es el costado más panfletario de la pieza), pero esa antropología no pasa sólo por la denuncia de las miserias del mundo sino por una distribución de los géneros que, si bien es típica del universo de Copi, adquiere en Cachafaz una grandeza hasta entonces desconocida.
Revolución y monstruos
La anécdota de Cachafaz es sencilla: hay una pareja en el conventillo, Cachafaz y Raulito. Afuera, los vecinos les recriminan una vida fundada en otra moral. La policía llama a la puerta. Una y otra vez, Cachafaz y Raulito matarán a los policías que los buscan, para carnearlos y alimentar al barrio. Líderes de una revolución antropofágica, Cachafaz y Raulito representan, también, el escándalo de los géneros.
Sabemos que, en el universo de Copi, Dios es (o puede ser) un transexual. Esa transexualidad originaria y básica es seguramente monstruosa (y ya sabemos que Copi aprendió a valorar los monstruos en el seno de los Efímeros Pánicos) y desafía todos los sistemas de categorización. La imagen de Dios como imagen del hombre, en Copi, es la imagen de un travesti o de un transexual y ése es el “teatro del mundo” a partir del cual Copi puede pensar su arte:
CACHAFAZ:
¿Por qué no me das alpiste?
RAULITO:
Porque me has tratado ‘e puto
CACHAFAZ:
¡Pero si vos sos un puto!
RAULITO:
¡Pero entonces Dios no existe!
Ahora bien, ¿qué civilización, qué política, qué cultura y, sobre todo, qué arte se pueden pensar a partir de un Dios semejante? Eso y no otra cosa es lo que Copi pretende explicarnos. A la manera de la ciencia ficción (que deduce una realidad entera de una premisa transformada), la obra de Copi deduce el mundo a partir de la afirmación de que Dios es un transexual. Y porque existe esa premisa es que algo sucede y su literatura se aleja del no-suceder, del vacío de sentido.
En el universo Copi efectivamente es posible que dos hombres, aunque se trate de dos hombres-rata (ver La ciudad de las ratas, 1979), procreen un hijo. Cachafaz va mucho más allá en la ecología de los géneros que propone pero, además, relaciona la antropología que propone con una determinada política: dice que hay que acabar con el Estado y construirlo de nuevo.
Cachafaz y Raulito son una pareja innombrable, dos que se constituyen en líderes revolucionarios, dos prófugos que matan policías y se los comen. Si, de ese modo, el texto liga con la política sangrienta de “
RAULITO:
¡La muerte la conjuramos!
¡Somos pareja maldita!
Podemos hacer comercio
de nuestra cruel condición,
¡fundemos circo ambulante
al son de un buen bandoneón!
Seremos monstruos monstruosos
mucho más humanos que osos
y aquí se muestra el disfraz:
Raulito y Cachafaz,
¡el colmo ‘e lo repelente!
Hombre pobre, mujer rica
Qué es Raulito no lo sabemos o no podemos decidirlo a partir del texto, que es bien ambiguo en este punto. Raulito puede ponerse en serie con “
RAULITO:
¿Puto? Pero no exageremos,
soy un poco amanerada
tengo chic y tengo garbo
¡pero es porque tengo tango!
Pero también Raulito podría ser un travesti:
CACHAFAZ:
¡Mirá... Te ponés el zorro
te apoyás en un farol
y no me volvés a entrar
sin un kilo de morcilla!
O un transexual:
RAULITO:
¡Acariciame las tetas!
CACHAFAZ:
¡Te las quemo con un pucho!
RAULITO:
Hace un año que lo he visto
cuando me hizo una gauchada:
me selló el cambio de sexo
en mi carta ‘e identidad.
No sabemos cuál es el sexo de Raulito: o es una loca o un travesti o un transexual (y las diferencias son cualitativas: no se trata de ningún tipo de deslizamiento en línea creciente de perversión, sino de un lugar distinto, cada vez). Así, de Raulito también se dice que anda “vestida de maricón”. Y aparece en contraposición al coro de vecinas, que son “mujeres sin pito”.
A partir de esas (monstruosas) precisiones se desarrolla toda la ecología sexual de la pieza. El macho aparece definido por su pobreza. La mujer, por el contrario, se define por la riqueza, no tanto en términos propiamente económicos, sino sobre todo simbólicos: lo único que importa del hombre es el tamaño de su pene y si puede o no tener una erección (la pobre definición del sentido común: Prolong, Viagra). Mientras que las mujeres pueden ser: mujeres con pito o mujeres sin pito, mujeres con pito vestidas de maricón o mujeres con pito vestidas de mujer. Esta riqueza de la mujer le otorga un valor de trascendencia superior, en el contexto general de toda la obra de Copi, pero particularmente en Cachafaz.
Actuar para morir
El primer acto de Cachafaz es más bien conceptual o ideológico, mientras que el segundo acto es más bien político. El primer acto define una ideología, el segundo apela a la acción (es decir, a la política). Y así, Cachafaz invierte el Martín Fierro, donde “La ida” es una apelación a la acción mientras “La vuelta” es una integración a la ideología del Estado. En Cachafaz, el adentro y el afuera (del conventillo y del Estado) se confunden, y es la policía (“los milicos”) quienes marcan ese umbral con cada una de sus irrupciones. Cachafaz, que vuelve a empezar todo de nuevo a partir de la tragedia, la gauchesca y una antropología monstruosa (o, lo que es lo mismo, transgenérica), nos obliga a pensar también en los límites, bordes y umbrales del Estado.
Por lo general los personajes de Copi son capaces de resucitar de acuerdo con las necesidades de la trama. Que en Cachafaz los personajes mueran definitivamente es, por lo tanto, significativo y remite al orden de lo trágico respecto de lo cual el texto parece colocarse.
En el final, Cachafaz y Raulito, mártires de la revolución antropofágica, son víctimas de la metralla. Raulito le dice a su hombre: “muramosnós, se está levantando viento” (es difícil encontrar un final mejor que éste en toda la historia de la literatura argentina). Tal vez haya que entender esa última frase (con todo el misterio que encierra) en relación con otro parlamento de Raulito, en el primer acto: “¡No te excites, Cachafaz,/ que el viento viene de atrás!”.
¿Qué es un viento que viene de atrás? Un viento que viene de atrás es viento en popa, y no hace falta saber mucho de marinería para saber que ése es un viento a favor. Así imaginaba Copi los vientos de la historia.

Héctor Rodríguez.
Vestidos con músculos domésticos, taurinos, arremetemos contra el flujo coloquial de nuestra caricaturesca obligación humana. Arrastramos los pies día a día, cual paralíticos funcionales, esperando que la salvación mágica a nuestra psicomotricidad trunca caiga de un pinche manzano imaginario. Sucédenos así, idealizando bosques en parpadeos incontinentes que lubrican nuestras ganas de ceguera permanente. El drama nos libera… al menos nos desprende del ridículo estrés al que nos exponemos tan gratuitamente… uno carga con cierta proclividad al drama desde siempre; es parte del arsenal de válvulas instaladas en nuestro cuarto de controles… sin embargo, soy el primero en reconocer que las más de las veces uno abusa intencionalmente del pulso melodramático. De ahí, a la irritación.
Es la tentativa irreal de posesión ante el todo lo que ensombrece las perspectivas frías y matemáticas del acto y la consecuencia; el primero una virtud ilusoria, el segundo un leitmotiv ambivalente de gozo y victimización, ambos, motores de circunstancia. Somos tan fanáticos del pretexto y el señalamiento como de la jactancia y el endiosamiento… la mecánica es sencilla: integramos y extirpamos nuestra persona en función de beneficios y perjuicios potenciales, que por gracia de experiencia somos capaces de ubicar al momento de estar en escena.
No es coincidencia que por lo general huyamos a las resultantes vomitadas, per sé, automáticas, inconscientes, decretadas, invisibles. Germinamos actos y consolidamos culpas derivadas de éstos; descalificamos hechos que se nos antojan ajenos y que ejecutamos desde nuestra propiedad. Actos, acciones, hechos que siempre esta ahí haciéndose esperar para después ofrecer resultados de formulario que en el mas común de los casos pretendemos desconocer…
Héctor Rodríguez.
Como un pinche sobreviviente del automatismo burocrático me siento... malditas sean las jerarquías, los organigramas, la megalomanía politiquera, el hecho de las seudo-instituciones públicas, el sindicalismo mexicano, la macroeconomía, los tratados, las cumbres, marcos, chávez, madrazo, estados unidos, el libre mercado, los mercadólogos, las marcas, los medios, la comunicación social, el arribismo lambisconero, el conformismo laboral y sus gamas iridiscentes. No hay arte en la función publica, menos en la iniciativa privada. Donde no hay arte no hay vida... exacto; sirvo a intereses de ultratumba. Me da la gana estar de malas y aderezar mi instante con fatalidad, con némesis irresoluta e impotencia frustradora. Distingo cierta propensión al magro sentimiento que experimentan los que encuentran solo en las subjetividades el escape al paraíso del microcosmos prometido por la mente. No hay color, no hay ilusión ni esperanza ni consideración ni misericordia. Habito en la realidad… de eso estoy pero si bien saturado. Me cago en la filosofía pues, para después festejarla. Demasiadas preguntas que encuentran respuestas ciertamente inútiles, pero que hacen que la vida discurra con sustancia, con sentido, con posibilidades. Nietzsche, Sartre, Kant, Heidegger, Schoppenhauer, y demás sapientes del siglo pasado transitaron atormentados. Pero igual, a mi que?! Muertos son y muertos me susurran al oído que el único responsable de la realidad que experimento soy yo. Yo, yo, yo. Saturado de realidad, cual ente externo que irrumpe en mi percepción para fragmentarla, apendejarla, enfermarla de materia y situaciones ridículas. Si la neurofísica grita que el cerebro no distingue entre lo que registra a través del iris y lo que recuerda, estamos ante la máxima prueba de que el todo existe independientemente de nuestra participación en este. Si no tuviéramos sentidos el cerebro no podría recordar ni madres, porque no habría referentes de ninguna índole. Recordamos lo que existe, no lo creamos (en el sentido menos materialista). No voy a desmenuzar las particularidades de un tema tan especifico… todo lo anterior fue solo para justificar que efectivamente, soy adicto a la victimización. Adictazo. Me gusta sentirme aludido por enfoques violentos, agresores, intensos, cargados de significados indignantes para las individualidades en serie. Esto lo vivo en los vacíos del soliloquio que revolotea dentro de mi cráneo, no en las someras relaciones personales que tengo día a día. La socializada es una de las partes favoritas de mi proclividad a lo funesto ya que en ello compruebo una y otra y otra y mil pinches veces la mierda que somos los seres humanos. La química nos escupió y desde ese entonces nuestra evolución ha sido una puta farsa. Lo he dicho chingo de veces y no me cansaré de repetirlo: nos creemos el máximo eslabón de la cadena animal (aunque existan pendejos que digan que lo que nos separa de los animales es nuestra capacidad de raciocinio… me cago de risa; cual raciocinio?!, somos los únicos pinches animales que trabajan incansablemente hacia su autodestrucción, habráse visto). Vivimos alejados de los instintos más básicos de supervivencia, enajenados con nosotros mismos, creándonos escapes ilusorios y personajes ulteriores a nuestro ego, alabándonos y alabando a ajenos idolitos, envidiándonos, deseando, consumiendo, creando mundos artificiales. Cuanta mierda hemos de exprimirle a nuestra humanidad. Esa es nuestra condición, aunque nos pese. Y aclaro: este texto es metal puro, sincero, sin pretensiones más allá del sentimiento que se encarga de eternizar. No busco crearme un currículo para “publicar” o convertirme en un presuntuoso del estilo; no busco categorizar mis ideas como ensayos o artículos; no escribo para los demás. Lo hago para sacar las letras de mi sistema y acomodarlas donde pertenecen. Lo hago para dejarme de sentir un apopléjico. Ahora estoy mucho mejor.
Roland Topor fundó con Alejandro Jodorowsky y Fernando Arrabal el Grupo Pánico. Fue actor, dibujante, dramaturgo y autor de Le Locateur Chimérique, que sirvió a Polanski para su película El inquilino. Este texto críptico, sobre los extraños métodos de Topor para crear y, en general, para sobrevivir, fue su última contribución a Le Fou Parle, de la que fue fundador.
Un autoretrato a manera de adiós.
Roland Topor.
La mañana. Siempre he tenido problemas para arrancar. Primero, cuando abro los ojos, me hace falta cierto tiempo para saber dónde he aterrizado. Cuando no estoy en otra parte, a veces estoy en mi casa, tengo la cabeza atrapada en un cajón o arrinconada en la biblioteca y los pies en la ropa sucia. Termino por encontrarme de través en la cama, mientras una frase extraña me trota por la cabeza: ``Los filetes de salmón no son buenos.'' O algo por el estilo. Eso me inquieta, por supuesto. ``¿Pero, qué es lo que digo? ¿Qué digo?'' No tengo tiempo de hacerme la pregunta cuando una respuesta me sube a los labios: ``La pierna, hay que arrojarla.'' ¿Quién ha hablado? El sonido de mi voz es ronco, apenas humano. Me invade un sentimiento de malestar. Repito maquinalmente: ``La pierna, hay que arrojarla en el ascensor.'' No cabe duda: ¡mi voz no es mía! Hay de qué aterrorizarse.
Y si el teléfono suena, justo en ese momento, debo darme respiración artificial, yo solo, para no asfixiarme. Descuelgo, pero no forzosamente, el receptor del teléfono. Me sucede que descuelgo cualquier cosa. Con la garganta seca, digo: ``¿bueno?'', porque eso es lo que hay que decir en tales casos. Pero mi ``¿bueno?'' no viene solo jamás. Tartamudeo cualquier cosa y después cuelgo, y, para desviar la conversación, tarareo el primer estribillo idiota que me viene a la memoria. La vida en rosa o C'est si bon... Siento claramente que algo no anda bien... Que nado en aguas turbulentas. ``¡Oh, lá, lá!, ¡yo desbarro, completamente!'' Bueno, eso parece tener sentido, esa observación. Una intervención positiva, eficaz, destinada a calmar los nervios. Pero, no, eso es falso. Porque no digo ``¡oh, lá, lá!, ¡yo desbarro, completamente!'' ni una sola vez. ¡Repito esta maldita frase cincuenta, cien, doscientas veces! Pero a qué enfurecerse. La doscientava vez que escucho ``¡oh, lá, lá!, ¡yo desbarro, completamente!'', me agarro un pedazo de muslo y lo retuerzo hasta que sangra. Después de un momento, por otro lado, ya no digo más ``¡oh, lá, lá!, ¡yo desbarro, completamente!'', sino ``¡Olayodé!'' Una abreviación mágica que repito indefinidamente: ``Olayodé Olayodé Olayodé Olayodé Olayodé...'' imitando el ritmo de un tren... Y después, felizmente, termino por volver a dormirme. En fin, la mayor parte de las veces, porque hay ocasiones en las que tengo insomnio. Pero, si ese no es el caso, entonces sueño. Un sueño banal: estoy en el gran norte canadiense por ejemplo, y pataleo entre nieve sangrienta. Estoy acostumbrado a este género de cosas, eso ya ni me va ni me viene. En general, son las ganas de mear lo que me despierta. Cuando no puedo hacer otra cosa, me levanto y navego prudentemente hacia el excusado, tratando de evitar los pedazos de vidrio regados por el corredor y los clavos oxidados que sobresalen de la duela. El ruido de mis pasos suena de forma inquietante. ¿Es que estoy solo, o bien, es que alguien me sigue? ¿Verdaderamente estoy despierto? Para tranquilizar mi corazón, pregunto: ``¿Hay alguien allí?'' Nadie responde. No tan loco. Me digo que es el eco del corredor lo que provoca alucinaciones auditivas y, antes de ir a mear, aprovecho para escombrar un poco. Al levantarme, no soporto la vista de ceniceros repletos, de vasos con fondos de vino barato en los que flotan colillas destripadas, botellas vacías, migajas de pan, pedazos de queso sobre la alfombra meada. Es el único momento del día en el que tengo suficiente energía para pasar la aspiradora. Limpio los ceniceros, lavo los vasos, hago desaparecer las botellas vacías, en una palabra, cuando voy a mear, todo queda resplandeciente. Pero, mientras meo, el recuerdo de las colillas en los vasos, y de los rancios pedazos de queso, me atenaza las tripas. Me hundo los dedos al fondo de la garganta para ayudar a mi cuerpo a evacuar, él también, todas las cochinadas que contiene. A veces eso funciona, pero no siempre. Me sucede que paso dos horas con la cabeza metida en la taza, esperando a que eso venga. ¡Me gusta, por otra parte! Hay el ruido del agua que corre continuamente desde que se descompuso la cadena... Esto es campirano. En París, falta la naturaleza. Es por eso que la gente se arruina gastando en plantas verdes. ¡Pero la naturaleza no es nada más la clorofila! Es también los torrentes, los manantiales, las cascadas... Yo tengo todo eso en el excusado, y por casi nada. Al cabo de un momento, me siento mejor. Al punto de encontrar la fuerza para ir a acostarme de nuevo. Me duermo inmediatamente y ¡hop! en ruta hacia el país de los sueños. Debo debatirme entre los ujieres que intentan agarrarme las orejas, o sufrir los reproches de amigos muertos que me acusan de haberlos olvidado. O incluso las más diversas cáscaras se escapan del bote de la basura y vienen a arrastrase alrededor de mi cama. ƒstas me ciñen, me estrangulan... Despierto con sensación de asfixia.
Aspiro grandes bocanadas de aire. Esto produce un silbido como si tuviera yo un agujero en la espalda. ¡Los pulmones, por supuesto! Un cáncer más a alimentar. Me arrastro hasta la cocina para ver si sobran aspirinas. Rebusco entre los viejos medicamentos, en la caja de zapatos que me sirve de farmacia. Con un poco de suerte, encuentro un viejo sobre con efervescente. Adoro el ruido que hace al disolverse en el agua. Un ruido de ciencia ficción, del tipo ovni y pequeños hombres verdes... El boogie-woogie de la materia en plena disgregación. Antes de tragarla, paso la cara debajo del vaso para tomar una miniducha. Con los ojos cerrados, imagino que estoy en Bretaña y que cae una fina llovizna. Es estupendo. Incluso el gusto de la aspirina en el agua me recuerda el mar. Me voy a acostar de nuevo, cogiéndome el cráneo a dos manos para impedirle que caiga rodando. Pero me vuelvo a levantar inmediatamente para cerrar las puertas y correr las cortinas. A causa de la luz, por supuesto. Esta cochina luz que se filtra hasta por el menor intersticio y me quema los ojos. No vale la pena tomar aspirina si hay luz: es una aspirina desperdiciada. Tapo todos los agujeros. Mientras más sombra exista, más contento estoy. Me gusta cuando está completamente oscuro. Es por lo tanto extraño que yo no soporte la oscuridad cuando es de noche. Necesito una lamparilla de noche para poder dormirme. Pero he allí que, desde que amanece, es todo lo contrario. Lo sé bien: soy complicado, ¿pero qué puedo hacer? Me retuerzo en todos los sentidos antes de encontrar la posición ideal. Volteo la almohada para tener la parte fresca, jalo las cobijas para desarrugarlas y, de golpe, me siento bien. Eufórico. Es la aspirina que comienza a producir su efecto. Me adormezco sonriendo y entonces ahí, crac, tengo un sueño bastante bueno. Soñando siempre, una parte de mi cerebro que vela, cuchichea: ``Tienes que acordarte de este sueño para que saques un estupendo guión.'' Es verdad. Si el teléfono no suena antes de que finalice, ya tengo un largometraje en cuanto me despierte. Pero es raro. La gente me llama justo en el momento en que comienza a ponerse interesante y, después, para reencontrar el hilo de la intriga: ¡Ringring! Tomo mi venganza respondiendo con una injuria a cada campanillazo. Triste consolación. Mi guión genial se evapora. No me queda sino un vago ambiente, el recuerdo de un recuerdo.
Un último timbrazo, y se acabó: no me acuerdo siquiera si he tenido en verdad un sueño. Miro el despertador: ¡las 18 horas ya! ¡Yo tenía una cita a las 15 horas! Tanto peor. Permanezco en la cama. Al menos mientras estoy entre las cobijas, no gasto nada, no fumo, no bebo y digo menos pendejadas.
Cementerio Pánico.
Guy Konopnicki
Perec acababa de morir y Topor se reía... Esto no era solamente a causa de la gente que, justamente, hablaba de Perec porque éste había muerto. ¿Por qué se habla de cadáveres fríos en vez de cadáveres exquisitos? Topor se reía de la muerte. Y de todo aquello que lo conturbaba. Los horrores derramados por la actualidad y los torrentes de compasión impotente desencadenaban esta formidable batería. El reía con toda su potencia sonora, con todo su cuerpo. No se burlaba, se reía. Y después la risa se detenía, bruscamente, por una emoción. Una palabra, un texto, un poema, un dibujo, una tela.
Topor no se preguntó jamás si era pintor o escritor. O incluso actor, lo que sí era, en todo momento. Era todo a la vez, a cada instante. No era un diletante, que todo lo toca con gracia. ¡Pero él tocaba todo! La pintura, el grabado sobre madera, el dibujo, el teatro, el cine de animación, la literatura. Bajo esa risa, bajo ese sentimiento de insignificancia, había una increíble erudición, un apetito de ver, de leer y después, todavía, de pintar y de escribir.
Las necrologías aplicadas aparecieron aquí y allá. Sí, Topor ha creado el Grupo Pánico, con Arrabal. E incluso otras cosas más. Le fou parle, con Jacques Vallet. Momentos de radio, con Bertrand Jéróme. Una serie televisiva verdaderamente infantil, con objetos parlantes y un gato-teléfono. Los escritores serios, esos que se creen dentro de la historia para tranquilizarse, lo clasificaban entre los pintores. Los grandes artistas lo veían con alivio cuando pasaba a la literatura. Pero Topor ha escrito sus memorias, Las memorias de un viejo pendejo... Su historia bajo tres siglos, todo a la vez, Cándido, el verdadero, Gargantúa y Leonardo de Vinci.
¿Topor? A él le gustaba el sombrero de Kafka, pero prefería a Alexandre Vialatte. Chasqueaba la lengua degustando el vino o acordándose de la última página leída. Con palabra deslumbrante. Con excentricidad. Él vivía a cada instante una emoción de niño. No le gustaba levantarse. Detestaba irse a acostar.
En el cementerio de Montparnasse, él merece el epitafio de Heinrich Heine: ``Paseante, aquí yacen los huesos del desdichado poeta, cómo lamenta él que no sean los tuyos.''
Valora las capacidades individuales, pero define las subjetividades de lo contemporáneo como el defecto de un observador sin identidad, de un autómata de la cultura. En el escenario luminar no hay cabida para las texturas ásperas de los sobrios monólogos de la mosca. Prefiere oscilar en las cavidades de un presente que ofrece cultos insensatos a la moda, a la masificación, a la repetición. Sobrevuela perenne a la consciencia y al deber que como bicho ostenta, creando la banda sonora de lo inimaginable, de lo considerado en la modernidad como un reducto de músicos sensibleros… lo sabe, pero no le importa ya que se encuentra instalado en la quimera de lo verdaderamente esencial. Es la opción que comparte las ideas independientes sin vivir a cuenta del espejo oblicuo de las ventas, de la popularidad, de la ilusión, del supermercado de fantasías infinitas que los tránsfugas del metate se encargan de construir a través de alabanzas irracionales.
Las tinieblas van más allá de lo que un escuálido cerebro humano pueda conjeturar de éstas; de lo que un pobre corazón pueda llegar a sentir de, o con éstas.
Los seres de la noche no escatiman en llanto, sus lágrimas de ácida pena alcanzan a desintegrarlo todo a su paso, haciendo a la vez de dicho acto, el capricho de una luna pletórica de melancolía y tristeza nocturnas.
Las criaturas bastardas que la oscuridad engendra, suponen un hambre infinita, un hambre mórbida, un hambre de almas, un hambre aleatoria que ha de salivar sin menor compasión que la que materialmente pueden erigir los amos del negro temple; los demonios santificados por el baño de luz lunar que permea de forma espiritual, todo aquello a su paso.
Javier Esteban
P: ¿Es Dios un ludópata?
R: Se es ateo ¡por sorteo! Como me ha tocado vivir aquí y ahora observo que, hoy, para mi gremio, Dios existe aún menos que Pinocho. Los más juiciosos bromean y argumentan que el Supremo Hacedor creó al hombre entre dos partidas de ajedrez. Con una jaqueca tremenda. En cuanto a la vida… suponen que la ha programado un delfín en su ordenador cubierto de ceniza.
Personalmente rezo todas las mañanas. Borges en Tokyo me confesó que él (tan agnóstico como yo, ¡pobre de mí!) también lo hacía porque… “se lo prometí a mi madre”. Rezo con la esperanza de recuperar la fe que tuve a los diez y ocho años cuando, a punto de entrar en
(Y mientras tanto, y a lo suyo, el creyente astigmático sodomiza en Ibiza a la miope atea para intercambiar puntos de vista, a lo bestia.)
P: ¿Cuál sería su definición de inmortalidad?
R: Futuro en busca de porvenir.
P: ¿Daría Ud. permiso para ser clonado en vida?
R: Antes del parto, después del parto, vivo o muerto, feto o cadáver se hace se hará o se hizo de mi cuerpo lo que está mandado que se haga: me vacuno cuando me lo exigen, lleno declaraciones cuando me lo piden y solicito documentos cuando me lo ordenan. No atravieso frontera alguna, ni llamo por teléfono una sola vez, ni compro un chupete, sin que quede en registros oficiales, segundo por segundo.
P: Esgrima por cortesía un argumento no teológico ni humanista contra la clonación
R: El físico termodinámico hostil a la investigación de hoy diría: “Es el resultado de una ciencia, como la mecánica cuántica, que viola la lógica”.
P: ¿Qué obra nos recomienda para conocer el origen del Universo?
R: Si el orgasmo se asemejara a la descripción que de él se da en ciertas novelas y ensayos de hoy, creo que recordaría al big-bang original.
P: ¿Cree Ud. que la inteligencia artificial podría desarrollar la conciencia y la voluntad de poder?
R: ¡Ojalá! Que los sometidos se rebelen al fin.
P: ¿Cree Ud. que la inteligencia artificial podría desarrollar la fe, la esperanza y la caridad?
R: “La fuerza bruta de la memoria” vence sistemáticamente a la “inteligencia artificial”… porque el ordenador no cree ni en Jehova ni en Cristo ni en Mahoma. Pero en presencia de tanta miseria espiritual las tres virtudes teologales ¿se nutren de fervor incluso en la pantalla?
P:
R: Es uno de los monstruos más repugnantes y sanguinarios de siempre. Los griegos la llamaron “quimera”: era un pajarraco de mal agüero con pico de harpía y cola de víbora. Tras el paso (hoy como ayer) de este bicharraco solo queda miseria y campos de concentración.
(Para vivir a costa de los demás un simpático demagogo ha inventado una fabulosa utopía destinada a liberar a pobres probos y a parados pelados. Para poder verlos desde su lujosa mansión (donde vive rodeado de secretarias desnudas) sus ayos y lacayos le han confeccionado un teleobjetivo de larguísima distancia).
P: ¿Preferiría Ud. jugar su última partida de ajedrez con el artefacto más desarrollado o con un semidiós?
R: No me gusta quedarme a medias. Preferiría jugar con Dios ¡y ganarle! Para no llegar a este extremo irreverente Steinitz, campeón del mundo de
P: ¿Qué opina de la pareja Picasso Dalí?
R: Picasso, con razón, es el patrón cultural de España, como un Santiago bis. En la batalla de Clavijo el apóstol mostró su eficacia, en el seno del ejército cristiano, como el pintor mostró su disciplina durante los años del estalinismo. Gracias a su estricta militancia (al totalitario partido que controlaba en ese momento el arte) protegió su portentosa obra artística.
Dalí, por el contrario, se negó a enrolarse en aquella máquina implacable. Por ello sus vetadores le han calumniado y negado. A Dalí le interesaron las hipótesis científicas audaces y las especulaciones filosóficas sorprendentes más que la protección de su obra artística.
(¿Por qué el servilismo voluntario suscita tal plaga de plagios?).
P: ¿Con quién preferiría Ud. naufragar en una isla?
R: Con un ser de la inteligencia de la matemática Sophie Germain o de Sócrates, con la bondad de Buda o de Catalina de Siena y el encanto de Confucio o de la jovencísima Hildegard.
P: ¿Hay en estos momentos algún movimiento universal en las artes?
R: El de siempre: el que impone su orden conformista y diaboliza a rebeldes e insumisos.
(Me gustaría conocer la última previsión que escribirá el científico racional el día anterior al fin del mundo).
P: Háblenos del Movimiento Pánico…
R: En 1963 Jodorowsky, Topor y yo, tras tres años de asistencia casi diaria al grupo surrealista, creamos el “pánico”.
El “pánico” es la crítica de la razón pura, es la pan-dilla sin leyes y sin mando (cualquiera se puede decir miembro del grupo e incluso fundador de él), es la explosión de “pan” (todo), es el respeto irrespetuoso al dios Pan, es el himno al talento… loco, es el antimovimiento, es el rechazo a la “seriedad”, es el canto a la fatal ambigüedad, es la voluntad de aportar nociones que se creían despreciables al mundo de lo “grave” zapando al mismo tiempo los valores establecidos, es el arte de vivir (que tiene en cuenta la confusión y el azar), es el principio de indeterminación con la memoria por medio…
… y todo lo contrario.
P: ¿Conoce Ud. el teatro alternativo actual en España?
Lo leo como la obra alterativa de mis alter ego. Es el teatro de los herederos de Cervantes y de Valle-Inclán. Estoy convencido de que, contrariamente a ellos, se representarán sus obras. Y que van a alterar el orden cultural (¡que tan bien saben alternar!).
P: ¿Cuándo estrenará su próxima obra en España?
R: (Tras reir feliz, Arrabal responde) Como decíamos ayer… ¡inminentemente!

Inmediatez.
Navegando, atascados en un segundero insatisfecho de mecánica… apreciando las minúsculas transformaciones sucedidas en las limitadas zonas de amortiguamiento existencial que nos creamos. Metamorfosis sutiles, cargadas de instantaneidad terminal, dando pie a transiciones in vitro acontecidas dentro de carátulas rayadas. Me entrego a las interrupciones, apenas logrando denotar una patética sonrisa ante la exacta histeria de cada segundo sucesor de instantes… observando como mi biología se mofa de la teatralidad humana en la que levito; sobre rieles fijos… hospedado en un receptáculo con promesas de caducidad… designado a inmensos circos que operan como esferas sintéticas que agraciadamente sirven de hábitat ad hoc.
Posterioridad.
Inhalo…
…Retengo…
…Entrego la dirección de mi sistema a los procesos inconscientes, convirtiendo las miserias sobrantes de lucidez, en letargo. Hiberno, produciendo eventualmente un hermoso desliz de estupidez que discurre hacia breves charcos de baba hilarante. Enajenado absoluto de los objetos sensibles, con rictus de pupilas dilatadas y oscilantes, me obsequio a los espesos edificios consignados a la norma erradicadora de la fe, deleitándome en ley, convención, moral, frugalidad, estatismo.
Exhalo…
…Tras el congelamiento sistemático, deviene en porciones una segunda etapa de razón. Despierto solo para advertir la contradicción del acto respiratorio, que deriva en automático a la par del ritmo cardiaco, detentando el doble objetivo de mantenerme contemporáneo a todas luces, mientras me condena deliberadamente hacia la oxidación, cual padecimiento degenerativo ineludible.
Inevitabilidad
Telones rasgados de fatalidad caen sobre la palestra corroída, impactando los rostros disecados de la audiencia indiferente, hasta su desfiguración. Millares de semblantes ultimados a la sazón de alegres melodías que celebran la erradicación de la torpeza, del despropósito humano; de la anomía y parálisis; de la fatuidad orgullosa; en fin… de la mierda moderna en la que el espectador promedio chapotea, obedeciendo, asintiendo, desvalorizando, indiferenciando, ignorando por costumbre.
¡Que gusto! ¡Que imagen justa! Que merecido.
Eludiendo las formalidades mortuorias para con los restos amputados de la audiencia espectadora, el payaso decide terminar el trabajo, neurotizando al tótem augusto hasta la locura. Ya sin normas, sin reglas, sin ley, sin esquemas, la conciencia augusta advierte el fallo en su estructura, entregándose al cronómetro inexpugnable del futuro.
Una vez más, el futuro.
Doy cuenta en mi accidentada vigilia, de la promesa, del destino, de la cita, de la incertidumbre a secas, del reto a la creatividad que implica el compromiso de la vida ulterior. Es la tarea del porvenir en manos del rigor pánico en cada uno de nosotros. Es la agenda del futuro emancipada por la alteridad del payaso; por la inevitabilidad de lo otro existente, de lo oculto y verdadero; por el ímpetu alquímico del bufón que somos por dentro… es el requerimiento del futuro, previsto por la ligereza de un presente desechable, paranoico, esquizoide, el que se deposita en mi consciencia.
Me mimetizo con la nada solo para renacer en el payaso y fornicar sobre las rutas trazadas, sobre las verdades absolutas.
La brillantez de los espacios en que vacío mis escuálidos intentos de sobrevivencia lingüística cada vez se torna más cegadora. Creo haber determinado la distancia entre esta sutil inexpresividad mía y la densidad del tiempo transcurrido delante, detrás y a los costados del maniquí dérmico que me conserva; si acaso me atreviera a dimensionar ese cálculo en alguna medida física, ésta (distancia) sería equivalente entre uno y otro evento… mi incapacidad y su envase atemporal se persiguen en paralelo. Quisiera poder prever con mas agudeza este tipo de espasmos a los que guardo tanto recelo; es curioso, los padezco con tremenda angustia y sin embargo los decodifico en palabras perdedizas a un futuro, convivo con una ausencia aterradora al instante de esa sacudida, la percibo, me la apropio… una vez experimentándola, comienzo a auscultarla, a conocerla; me adentro en sus silencios y la reto con todas mis fuerzas.
Por principio, tomemos en cuenta el factor “estímulo”. El cerebro es un músculo que necesita de un mantenimiento consciente e integral, solicita de un inherente ejercicio de flexibilización hacia el incremento de ciertas posibilidades en su total y correcto funcionamiento y desempeño. Indago pues, sobre lo que en teoría considero una obstrucción sistemática hacia la plenitud de un funcionamiento sano y depurado en los procesos del pensamiento, la memoria y la mente en general. Como un breve preámbulo, y a manera de contextualizar algunos de los detonantes de la problemática que intento esbozar (de manera muy general), propongo como causa inminente e ineludible nuestra contemporaneidad. Las actuales sociedades han optado por edificarse sobre inmensas plataformas económicas que han determinado modelos de vida aplastantes, rigurosos, en los que se congregan de manera plural y heterogénea una serie de eventos caóticamente sofisticados; ello configura actualmente lo que podríamos llamar una “fenomenología de la modernidad”, que como resultado inobjetable ha producido inmensas torres de Babel de las que no han de surgir soluciones humanas para la vida.
Gracias a la multiplicidad que ya de sí plantea la sola idea del neoliberalismo en todos sus sentidos, hemos de subsistir bajo los efectos de una monstruosa oleada de información, de una sobresaturación infinita de datos que anuncian, venden, promueven, advierten, asustan, amenazan, entristecen, indignan, enojan, corrigen, sugieren, divierten, angustian, cuestionan… He ahí el porvenir de los procedimientos automáticos del pensamiento. Este cúmulo de intencionalidades semánticas no solo abruma la frágil plataforma mental humana, sino que la confunde, satura, fragmenta y desquicia progresivamente, afectándose nuestra subjetividad mientras es guiada, conducida, influida, corrompida y bombardeada. Esto lo podemos comprobar a cada minuto: cualquier publicidad explica en su producción inherente (influencias y condicionantes) lo que acabo de exponer. Otros fenómenos similares revisten en su forma y contenido la carga de sentido necesaria para modificar gradualmente no solo la fisiología de los procesos del pensamiento sino también las cogniciones, y en el peor de los casos, las conductas y actitudes individuales.
La génesis de esta ruptura sobrelleva algunas consecuencias que deberíamos considerar, de menos, a largo plazo. Entendemos que esta fractura es de tipo complejo y que requiere de instrumentos cognitivos de análisis que logren restaurar y reencauzar nuestras capacidades de asimilación, conceptualización y discernimiento con el objeto de ponderar a consciencia la información que ha de ser introyectada a nuestro cerebro.
Se percibe entonces, la necesidad de crear un sistema emergente de apropiación semántica que otorgue nuevas posibilidades de recepción e interpretación del conjunto de informaciones orbitantes a nuestra existencia. No se habla de un dispositivo material ni de un programa teórico aspectado en módulos ni mucho menos; se habla de una iniciativa personal, individual, de una propuesta auto-gestionada que idénticamente “estimule” una de-sensibilización de los procesos de subjetivación a partir de un análisis concreto, integral y profundo de las “huellas” en tanto producción, circulación y recepción de dicha información; solo así lograremos entender fríamente la subliminalidad de este fenómeno a su vez que estaremos desmantelando el todo en sus partes.
Este brío convoca de un trabajo de lectura entre líneas que requiere irreductiblemente de énfasis, enfoque, concentración y auto-descubrimiento; necesitamos comenzar a pensar el pensamiento, a mentalizar los procesos mentales y a redescubrir el significado de los significados… solo llevando a cabo este tipo de proyecto podremos concebir una metodología de los procesos cerebrales del pensamiento sin espacio a claudicar, sin caducidad, sin involución ni parálisis. Para ello, es inminente la apertura de un espectro que perciba a toda información aspirante a certidumbre como insuficiente en su explicación, con ello indico que debe cuestionarse en tanto fundamento; las pruebas tangibles, la inducción, la verificación / confirmación debe quedar en entredicho ya que es precisamente en esta naturaleza procedimental donde descubrimos un espacio en blanco en el que se revela la falibilidad de toda certidumbre. Con lo anterior solo intento hacer clara la relatividad de la que es parte tanto nuestra forma de pensar como la idea misma de las certezas absolutas, que distan de dicha impecabilidad y que pueden ser descubiertas como verdades empaquetadas en envases reciclables.
El planteamiento epistemológico que de aquí surge no tiene gasto alguno; se debe comenzar a pensar sobre aquello que se piensa cotidianamente; debemos de tomar en cuenta que eso que en apariencia parece existir, es en definitiva una ilusión.
Ahora si, todo va tomando forma… Cuando somos capaces de interpretar la ilusión de los elementos conformadores de nuestra realidad inmediata, hemos dado un paso hacia la comprensión de ese todo integral que busca más allá de si mismo las respuestas a su génesis y expansión. Este tipo de paradigma metafísico supone una conexión y un nivel de desarrollo de conciencia bastante altos… y aunque se revela como un evento metafísico, es por igual un suceso científico inapelable que expone sin lugar a dudas la versatilidad, heterogeneidad y flexibilidad de su naturaleza al incorporarse al estudio de su estudio, es decir, transmuta y se convierte en su propio objeto de estudio.
*inspirado por el humanista Edgar Morin y sus estudios sobre la complejidad de los sistemas conformadores de la vida en general.